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“El fanatismo está destruyendo la conversación pública en Colombia”: Alejandro Gaviria

2026-03-07 - 04:23

Después de pasar por el ministerio de Educación en el gobierno de Gustavo Petro, Alejandro Gaviria se ha convertido en una especie de oráculo de la realidad política colombiana; ya desde su época como candidato presidencial, advirtió con mirada clarividente que Petro no lograría ejecutar sus ambiciosos planes de infraestructura —decenas de universidades, hospitales y hasta trenes rapidísimos atravesando selvas, mangles y archipiélagos—, lo que lo llevaría a una radicalización de caricatura. Para dejar constancia de esa mirada oblicua y particular, Gaviria se ha encargado de publicar cada tanto un libro donde mira el pasado para entender el futuro de Colombia. Así, llegamos a este nuevo libro, Contra el fanatismo: ensayos de una Colombia posible (Ariel, 2026). “Mi papá me ha hecho falta. Hay muchas cosas que podría decir, pero hay una que menciono de manera indirecta en el libro y que siempre me ha llamado la atención: él nunca fue testigo de mi vida política electoral. En algún momento incluso le dijo a Ana Cristina Restrepo que yo no era político, que era ‘nombrable, pero jamás elegible’. Siempre me ha parecido interesante imaginar qué habría pensado cuando decidí dejar la universidad y entrar de lleno en la política. Me habría gustado mucho escuchar sus opiniones y sus consejos. En uno de mis libros, El desdén de los dioses, el primer capítulo —que se llama ‘Las estatuas del sur’— es en realidad un homenaje a él. Allí aparece su voz, su forma de pensar y algunos recuerdos que marcaron mucho mi vida”. “Este libro es en realidad una reedición, pero también una reescritura de un libro anterior que publiqué hace más de una década y que se llamaba Alguien tiene que llevar la contraria. En ese momento mi mirada estaba muy enfocada en los cambios sociales de finales del siglo XX y en los primeros años de este siglo. Lo que quise hacer ahora fue actualizar esas reflexiones a la luz de lo que ha pasado en los últimos años. El mundo ha cambiado mucho, Colombia también, y yo mismo he cambiado. Por ejemplo, hay un ensayo largo sobre el sistema de salud, otro sobre lo que nos dejó la pandemia y también vuelvo a temas que he estudiado durante mucho tiempo, como la movilidad social. Pero también aparece algo nuevo que no estaba en mis libros anteriores: la experiencia personal de la enfermedad. Después del cáncer inevitablemente cambian muchas cosas en la forma en que uno mira la vida. Yo sigo siendo agnóstico, pero esa experiencia introduce una reflexión más existencial sobre el tiempo, la fragilidad y el sentido de lo que hacemos”. “El problema del debate actual es que se volvió extremadamente simplificado. El sistema de salud colombiano tiene problemas, por supuesto: tiene dificultades financieras, problemas administrativos y desigualdades territoriales. Pero también tiene logros importantes que muchas veces desaparecen del debate público. En las últimas décadas Colombia logró ampliar la cobertura de manera muy significativa y mejorar varios indicadores de salud. Eso no significa que el sistema sea perfecto ni mucho menos. Significa que cualquier reforma debería partir de un diagnóstico serio, reconocer lo que funciona y corregir lo que no funciona. El riesgo de las reformas que parten de una visión demasiado ideológica es que terminan destruyendo instituciones que, con todos sus defectos, han permitido avances importantes. Las políticas públicas requieren gradualidad, evidencia y capacidad de corregir errores”. “Colombia enfrenta tensiones fiscales importantes. El Estado ha ampliado sus responsabilidades en muchos frentes —lo cual puede ser positivo—, pero eso también implica que necesita recursos suficientes para financiarlas. El problema aparece cuando las expectativas sobre el gasto público crecen más rápido que la capacidad del Estado para recaudar ingresos. Ahí es cuando empiezan a aparecer desequilibrios fiscales que, si no se corrigen, pueden terminar afectando la estabilidad económica. Por eso es tan importante mantener una conversación pública responsable sobre las finanzas del Estado. No se trata simplemente de prometer más gasto o más programas sociales. También hay que explicar cómo se financian esas políticas y cuáles son sus efectos en el largo plazo”. “Sí, y eso tiene mucho que ver con el fenómeno que yo llamo fanatismo. La política colombiana durante muchos años estuvo marcada por la figura de Álvaro Uribe. A favor o en contra de él se estructuraron identidades políticas muy fuertes. Con la llegada de Gustavo Petro al poder aparece otro liderazgo muy polarizante, aunque desde una orilla ideológica distinta. Petro y Uribe representan proyectos políticos diferentes, pero ambos han concentrado una enorme capacidad de movilización política. Cuando la política se organiza alrededor de figuras tan fuertes, el debate público tiende a simplificarse. Todo termina reducido a una confrontación entre bandos”. “Sí, y ese es un fenómeno muy interesante. Durante buena parte del siglo XX los sectores populares en Colombia votaban mayoritariamente por partidos tradicionales o por proyectos políticos vinculados al establecimiento. Eso empezó a cambiar con el tiempo. Hoy vemos que muchos votantes de estratos bajos se sienten más representados por discursos de izquierda o por proyectos políticos que prometen transformaciones profundas. En Colombia ese cambio se expresó con claridad en la elección de Gustavo Petro. Esto tiene que ver con la percepción de desigualdad, con frustraciones frente a la movilidad social y con la sensación de que el sistema político tradicional no respondió adecuadamente a esas demandas. Pero ese fenómeno también plantea un desafío: cómo canalizar esas demandas sociales sin caer en el populismo ni en la simplificación de problemas complejos”. “Exactamente. El fanatismo es peligroso porque simplifica la realidad y convierte cualquier desacuerdo en una confrontación moral absoluta. Cuando eso ocurre, el diálogo se vuelve casi imposible. Las democracias necesitan justamente lo contrario: necesitan deliberación, matices, capacidad de escuchar al otro y de aceptar que uno puede estar equivocado. Los problemas sociales son complejos y rara vez tienen soluciones simples”. Lea también: “Petro sembró división de forma intencional entre colombianos”: María Clara Posada

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