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Los rostros detrás del acto de contrición: las historias de reclutamiento y los abortos forzados en las Farc

2026-03-03 - 19:54

“Respirar no es vivir”, dijo un hombre con un fusil al hombro mientras obligaban a una mujer a expulsar al hijo que llevaba en el vientre. Se suponía que sería un aborto forzado, pero terminó siendo un nacimiento. El bebé respiraba, se movía y vivo lo arrojaron al río. Ese mismo día, ella también murió mientras seguía respirando y como sentenció el guerrillero, “respirar no es vivir”. Historias como esa quedaron durante años dispersas en relatos individuales. Ahora forman parte de un expediente judicial y de un reconocimiento público sin precedentes. Por primera vez, el antiguo Secretariado de las Farc admitió ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) que reclutó a más de 18.000 niños y niñas y que en sus filas se cometieron abusos sexuales, abortos forzados y prácticas de planificación obligatoria. “Una enfermera me dijo que debía planificar, pero no entendía qué significaba eso. Cuando tenía entre 13 y 15 años, el jefe guerrillero Hernán Darío Velásquez abusaba de mí, por lo cual tuve cinco abortos forzados. Fue una experiencia devastadora que todavía no he podido sanar”, narró Vanessa García, quien fue reclutada a los nueve años en el departamento del Caquetá. Por fin no tendrá que seguir justificando su dolor. Los exguerrilleros lo admitieron, después de años de negarlo, como si las voces de quienes lo vivieron no fueran suficientes para probarlo. El acto de reconocimiento, hace parte de los requisitos que exige la JEP para acceder a los beneficios contemplados en el Acuerdo de La Habana, entre ellos la posibilidad de no ir a la cárcel. Pero más allá del efecto jurídico, el reconocimiento tiene un peso simbólico. Durante años, los excomandantes negaron el reclutamiento de menores, los abusos y las interrupciones forzadas de embarazo. Cada negativa significó, para las víctimas, una nueva herida y con razón. En noviembre de 2024, una solicitud de la Procuraduría General de la Nación a la JEP dejó al país perplejo. En ese documento, el Ministerio Público pidió imputar a los exguerrilleros por el asesinato y la desaparición de hijos e hijas recién nacidos de menores reclutadas. Allí se recogían los testimonios de al menos 27 víctimas que, siendo niñas, fueron abusadas y obligadas a abortar. “Los neonatos fueron, por ejemplo, botados al río, enterrados vivos, desaparecidos, o simplemente no se les prestó atención médica y los dejaron morir”, señalaba el escrito. Le puede interesar: Último Secretariado de las FARC aceptó la imputación por reclutamiento de menores y pidieron a la JEP acelerar decisiones. No hacía falta ese documento para que las víctimas supieran lo que habían vivido. Durante años lo contaron. Deisy Guanaro relató a este diario que fue reclutada a los 11 años. Apenas llegó, le dijeron que debía planificar porque en la guerrilla no se podía tener hijos. Para ello, contó, le introdujeron un dispositivo de bronce en el cuello uterino, sin atención médica adecuada. “El dolor era espantoso. Sentí cómo el cuerpo se me retorcía en calambres, cólicos que no paraban, una presión insoportable que no entendía”. Aún hoy, a sus 39 años, recuerda el dolor. Al día siguiente, dijo, fue abusada sexualmente por un comandante guerrillero que hoy es senador de la República. “A los doce años me trasladaron a San Vicente del Caguán. Allí corro con la desgracia de conocer a esta mujer, (Sandra Ramírez), la carnicera de las Farc, le digo yo. Ella nos reunía a más de veinte niñas entre los once, doce y trece años. Nos hacía hacer una fila, y nos repartía ropa interior, nos decía que teníamos que desfilar en frente de todos estos comandantes borrachos, y al que le llamáramos la atención le teníamos que hacer caso, complacerlo y si nos negábamos, el castigo era un consejo de guerra. El primer día que me tocó ese desfile, me abusó Pablo Catatumbo (actual senador del Partido Comunes), de una manera tortuosa, asquerosa, humillante, dolorosa. Recuerdo que al otro día de ese abuso tan tenaz, yo estaba humillada, adolorida y sangrando, apenas estaba saliendo del shock cuando llega esta señora y nos pasa la ropa interior para volver a desfilar, yo le rogué que no me hiciera eso, que no podía del dolor, pero no le importó, me pasó calzones color fucsia y tuve que desfilar. Ese día otro hombre abusó de mí, no le importó que aún tenía la sangre del abuso anterior”, relató Deisy. Otra mujer lo resumió así: “Fui reclutada por las FARC, siendo niña. En la guerrilla las reglas eran muy estrictas, y apenas llegamos nos dijeron a las mujeres que teníamos que planificar porque en la guerrilla no se podía tener niños, y la que quedara en embarazo tenía que abortar. Y eso fue lo que me pasó. Cuando por falta de anticonceptivos quedé embarazada, me obligaron a abortar. Siempre supe que lo que había pasado estaba mal. Yo quería seguir adelante con el embarazo, pero ellos decidieron por mí”. En el acto de reconocimiento, uno de los antiguos mandos, Jaime Parra —conocido como “el Médico”— admitió su responsabilidad en la política interna de salud. “Como médico de la extinta Farc y encargado de la política de salud en esta organización reconozco que tengo responsabilidad en la formulación e implementación de la política de planificación obligatoria, que inicialmente se planteó para hombres y mujeres, pero que terminó recayendo solamente en ellas. Adicionalmente reconozco que se practicaron interrupciones de embarazos sin el consentimiento libre y espontáneo de las mujeres”, afirmó. También intervino Rodrigo Londoño, alias “Timochenko” y último comandante de esa organización. “Hoy vine a hablar de lo que la guerra le robó a miles de niños en Colombia, y no hay discurso que pueda reparar eso”, dijo al inicio de su declaración. Reconoció que el arrepentimiento tardó porque implicaba una “reflexión interna” compleja. “Quiero pedir perdón a las víctimas directas e indirectas, y a la sociedad en general”, manifestó. El reconocimiento no borra los relatos ni devuelve las vidas truncadas. Pero marca un punto de quiebre en un país que durante años escuchó versiones enfrentadas sobre el reclutamiento y los abusos. Las cifras, más de 18.000 niños reclutados, dan dimensión a un fenómeno que muchos aún no alcanzan a comprender. Detrás de cada número hay una historia como la de aquella mujer que oyó llorar a su hijo antes de que lo lanzaran al río, y que aprendió, a la fuerza, que respirar no es vivir.

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