Ya no en el cielo sino en la tierra: así es la iglesia evangélica de Latinoamérica por dentro
2026-02-17 - 03:16
Si nada escapa a la voluntad de Dios, entonces esta crónica es su plan. Me hice cristiano en el año 2000, yo tenía trece y las iglesias evangélicas en Colombia se estaban convirtiendo en enormes movimientos religiosos que congregaban a miles. Una de ellas era la Misión Carismática Internacional, cuyos pastores llenaban estadios en Bogotá todos los fines de semana con sus servicios religiosos en los que prometían una vida mejor —terrenal y mundanamente mejor— solo por entregarle la vida a Jesucristo. Recuerdo al pastor César Castellanos —pulcro como un salón blanco y vacío— hablando de su libro Sueña y ganarás el mundo. Allí decía que escuchaba la voz de Dios como quien oye un trueno y afirmaba que Dios quería —era su voluntad soberana— que las iglesias dejaran de ser guetos y se convirtieran en enormes y prósperos movimientos. El lujo, la prosperidad económica, serían un signo de esas congregaciones. Por entonces, la Misión Carismática tenía veinte mil fieles. Para el año 2003 serían más de cien mil: tendría sedes en todo el continente. En algún momento, sentí que no había otro refugio: la iglesia como club, como entretenimiento, como lugar para pertenecer. En esa época, Colombia vivía una violencia cruda entre guerrillas y grupos paramilitares; había masacres, asesinatos, tomas armadas de pueblos y una tasa de desempleo del veinte por ciento. Las iglesias cristianas se convirtieron en una esperanza. Muchos pastores hablaban en sus sermones de la posibilidad de una vida mejor y se ponían como ejemplo, contaban cómo habían superado una pobreza ruda y cómo les había caído la riqueza: casas, carros y lujos, todo por la Gracia de Jesús. Recuerdo que cada domingo por televisión nacional aparecía un pastor, un hombre mayor, canoso y de bigote, que se llama Enrique Gómez. Oraba con un fervor de teatro, con una lágrima sin vocación, pidiéndole a Dios que bajara el Reino de los Cielos a la tierra y acabara con la violencia reinante. Su culto religioso se transmitía en directo desde la Plaza de Bolívar de Bogotá. En sus predicaciones, Gómez prometía una vida mejor para los pobres, para los desamparados, para las víctimas, decía que Jesucristo no sólo había traído la salvación al mundo, también mejor empleo, más dinero, y decretaba el fin de la pobreza. Era todo un show: reprendía, echaba fuera demonios de guerra, violencia, pobreza. Yo vivía en Armenia, esa ciudad muy pequeña del Eje Cafetero que en 1999 sufrió un terremoto en el que murieron mil doscientas personas. La ciudad aún estaba en ruinas, lo que sumaba desesperanza a la desesperanza. Nuestra casa era de unos cincuenta metros cuadrados a la que se entraba por un largo zaguán en obra negra —era una especie de inquilinato que crecía hacia abajo, se enterraba—, no poseíamos ningún lujo, pues mi mamá trabajaba vendiendo empanadas y buñuelos y mi padre arreglaba llantas de carros. A esa casa vino una mujer y nos dijo: “Dios tiene algo mejor para ustedes”. Así que fuimos a una iglesia —la iglesia de un pastor que se llamaba Jairo Niño Alvis— y decidimos unirnos. Mi madre y yo nos hicimos evangélicos. La Biblia enseña que no buscas a Dios. Es Él quien te busca. Para ser más exacto, predestina, señala, toma para sí a un pueblo. Es una idea que va en contra del merecimiento, del mérito, hoy tan común, y por eso resulta tan sexy: ya todo está hecho y es gratis. Yo nací católico, fui bautizado y también hice la primera comunión, pero nunca ejercí la fe porque no me interesaba la misa solemne con sus cantos eternos y aburridos; de niño sentía pánico cuando el sacerdote alzaba la hostia —el cuerpo de Cristo adentro de una galleta de trigo— y sonaba de pronto una campana. Creía que de verdad se trataba de un milagro y no de un monaguillo haciéndola sonar. Por esos años de la adolescencia escuchaba heavy metal y me masturbaba con alguna compulsión. No tomaba drogas ni bebía, pues fui criado con una disciplina marcada por una culpa feroz: recibía azotes en las nalgas cuando perdía materias en el colegio, cuando soltaba palabras impropias, cuando me burlaba de un adulto, y era conminado todas las noches a rezar a Dios, que todo lo veía, todo lo sabía. Temía que Dios me mandara una enfermedad como el cáncer, que me matara cruzando una calle. Cada fantasía sexual, cada masturbación, estaba seguida de una culpa atroz en la que imaginaba el dedo de Dios aplastándome contra la tierra. Mis padres recién se habían reconciliado después de una separación de dos años y yo cargaba con la angustia de que volviera a romperse la familia. Aquella mujer que fue a nuestra casa me invitó a una iglesia que se llamaba Nuevo Camino. Fui un sábado de diciembre y desde las escaleras de